Tell Halaf o las carambolas del destino (2da parte)


25 Oct
25Oct

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Tras descubrir Tell Halaf, Otto von Oppenheim volvió a Alemania en 1939, al comienzo de la segunda guerra mundial, con las piezas recuperadas en el yacimiento. Las estatuas  son realmente impresionantes: esfinges, leones y grifos que custodiaban los pasillos de un monumental palacio 

.La vida de Oppenheim bajo el dominio del III Reich, sin embargo, no era sencilla y plácida. Además de los rigores que sufre cualquier persona que se encuentra en un país en guerra, estaba considerado como medio judío por las autoridades alemanas, aunque su padre había renunciado a su fe, siendo bautizado y sus hijos, entre los que se encontraba Otto, habían sido educados en el cristianismo.

 No obstante, tuvo más suerte que otros muchos y no fue deportado. Su tesoro no fue tan afortunado.

Otto von Oppenheim estaba convencido del valor histórico y artístico de sus piezas por lo que abrió un museo para su exposición. En una decisión que en este siglo XXI se ha realizado con frecuencia, pero que en aquella época estuvo provocada por la falta de un lugar que se considerara más adecuado, se usó una antigua nave industrial en Berlín. 

Puede parecer un hecho anecdótico, pero no lo es. En 1943, uno de los bombardeos británicos destruyó el edificio por completo, que fue pasto de las llamas.

 Las piezas de maderas fueron reducidas a cenizas. Las de basalto explotaron a causa del choque térmico por los intentos de apagar el incendio.

 Se recuperaron como mejor se pudo las piezas, aunque se carecía de un lugar adecuado donde almacenarlas para su protección. El frío del invierno y el calor del verano perjudicaron aún más los restos de Tell Halaf. 

Los bombardeos de aquel año también destruyeron la casa de Oppenheim y con ella, una gran parte de su extensa biblioteca. 

Lo había perdido todo.

Se mudó a casa de su hermana hasta el final de la guerra. En 1946, a los 86 años moría de neumonía. Las obras de Tell Halaf quedaron olvidadas.

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